Las babas del diablo


"Levanté la cámara, fingí estudiar un enfoque que no los incluía y me quedé al acecho, seguro de que atraparía por fin el gesto revelador, la expresión que todo lo resume, la vida que el movimiento acompasa pero que una imagen rígida destruye al seccionar el tiempo, si no elegimos la imperceptible fracción esencial. No tuve que esperar mucho. La mujer avanzaba en su tarea de maniatar suavemente al chico, de quitarle fibra a fibra sus últimos restos de libertad, en una lentísima tortura deliciosa. Imaginé los finales posibles (ahora asoma una pequeña nube espumosa, casi sola en el cielo), preví la llegada a la casa (un piso bajo probablemente, que ella saturaría de almohadones y de gatos) y sospeché el azoramiento del chico y su decisión desesperada de disimularlo y de dejarse llevar fingiendo que nada le era nuevo. Cerrando los ojos, si es que los cerré, puse en orden la escena, los besos burlones, la mujer rechazando con dulzura las manos que pretenderían desnudarla como en las novelas, en una cama que tendría un edredón lila, y obligándolo en cambio a dejarse quitar la ropa, verdaderamente madre e hijo bajo una luz amarilla de opalinas, y todo acabaría como siempre, quizá, pero quizá todo fuera de otro modo, y la iniciación del adolescente no pasara, no la dejaran pasar, de un largo proemio donde las torpezas, las caricias exasperantes, la carrera de las manos se resolviera quién sabe en qué, en un placer por separado y solitario, en una petulante negativa mezclada con el arte de fatigar y desconcertar tanta inocencia lastimada. Podía ser así, podía muy bien ser así; aquella mujer no buscaba un amante en el chico, y a la vez se lo adueñaba para un fin imposible de entender si no lo imaginaba como un juego cruel, deseo de desear sin satisfacción, de excitarse para algún otro, alguien que de ninguna manera podía ser ese chico".
Julio Cortázar

Es que hoy es viernes...

En blanco y negro


(...) El mundo está lleno de anteojos, prismáticos, plazas de toros, juguetes informatizados y minusválidos mentales que poseen todas sus virtudes humanas. Somos simplemente desechos de los que no tratan las películas en blanco y negro, o de las que pasamos a dicha policromía sin siquiera darnos cuenta…

Las manos pequeñas

Volvió a escuchar el disco que tenía empolvado en la repisa. Le encantaba, aunque tras una mala experiencia lo había aborrecido de modo ligero. Una canción como un volcán y algo más dentro de si. Que el surrealismo está servido en bandeja de plata (cual mito de Salomé) es algo tan evidente como que los astros plagan el cielo y que mañana a estas horas seré una transeúnte bajo los efectos de algo que me haga olvidar un poco más. Curada de espanto y paño de lágrimas ajenas planteándose la seriedad con la que se toma los asuntos (de los que ya han hablado centenares de películas), ya sean más o menos importantes. No tratándose de inteligencia, que es algo impreso en cada uno (ciertamente carente en ciertos entes), sino de modos de actuar ante la vida, porque como decía la canción que ya ha adoptado como suya desde hace algún tiempo, ¿por qué esta vez iba a ser diferente?
Son las personas las dispares pero los casos repetitivos, los sentimientos redundantes, las dudas ya se disiparon…Esas cosas se descubren y redescubren cuando se sienta en el rincón de los malos tragos pasados a intentar concentrarse en una pantalla, donde nadie dice nada… Y aunque aborreciendo en cierto modo la teoría de Platón, con cierta parte del estómago que en algún momento creyó tener sentido, todo se desmorona con un soplido, un simple soplido, con la fragilidad de una muñeca de porcelana… Pero la indiferencia es el mal del siglo, no el cáncer, aunque se la coma a la misma velocidad, que casi, casi, duele. Es la indiferencia con la que los domingos de ramos se come paella santa, los viernes extinguidos que servían para decir “te quiero” y que tú no eres ningún visionario…
No, no podemos ser iguales, ni sentirnos especiales, ni que nadie nos trate como tales porque al fin y al cabo estamos ante un puzzle y sólo depende de quién tenga ganas de montarlo, todo es ponerse o, dados al caso, colocarse.
Mientras tanto una voz femenina (que canta) es libre y plaga la calle mientras miles de vecinos se preguntan de dónde surge, se molestan pensando en sus obligaciones matutinas, los niños duermen ante un nuevo día de su recién estrenada (y repetitiva) vida educativa (en la que no les enseñarán ni a querer ni a respetar) y creo que a la observadora, que mira mientras se balancea en su mecedora todo desde fuera, le da igual… Ya lo dije, todo es ponerse, colocarse, o dejarse afectar…
Si el pecado es la locura o la cordura, la verdad o la mentira, el confiar o desconfiar, el escuchar o desoir, el interpretar o malinterpretar, el hacer el amor enamorado o dejarse follar por follar, todos arderán… Antes o después. Con el surrealismo y el disco que ya no está empolvado, sino que ha vuelto a dar vueltas en el pinchadiscos. Sí, quizás ese sea el disco que escuchará mientras arde acusada por un poco de cada cosa, de haber practicado sexo tántrico y de haber escrito mierda sinsentido.
¿Yo?
Sigo teniendo las manos pequeñas y los pulmones quemados a conjunto…

Los viernes...

"Los viernes llegan las dudas. Son días de volver a querer cuando cae la luna, imagina y, extrañamente, mezcla todo. Una guitarra mece las notas de la noche y casi deja que empapen su esencia a medio dormir, tan cruda como las lágrimas que afloraron en otras ocasiones, y con una motivación que nadie logra entender, como tantas otras cosas…
La pistola disparando emociones oprimidas, cual balas, cuando con rabia aprieta el gatillo contra el espejo, como si se tratase de una muerte romántica, con palabras disfrazadas de bala y la boca envenenada, y el revólver...
Los viernes, a pesar del método, son para querer. Las doncellas altivas no son perseguidas para arder en la hoguera, se envuelven en palabras carentes de lógica que son raramente envolventes… Como la manta en la que se refugia para cerrar los ojos mientras el viento revolotea y nada ilumina el todo. Una especie de ensayo sobre media ceguera, donde se puede ver lo que uno quiere, ver lo que hay, interpretar o vomitarle. Porque hasta que no llegue el viernes no habrá tregua. Y dispara el revólver sin saber a dónde apunta, y la sangre llega al río… ¿Qué día es hoy? Chsssst... Que la canción es dulce y aún no ha acabado...".

Disfraces

Folio en blanco que no dice nada, y nada que decirle al pálido folio.
Palabras por palabras, estúpidas, inútiles.
Saciarse con el sexo y estresarse con el miembro… Eso no formaba parte del arte, ni de los planes.
A veces la existencia es un paseo que sentimos inútil, donde lo único que sacamos son experiencias que nos hacen más viejos y, según cuentan, más sabios.
Pero, ¿dónde quedó la maldita sabiduría?
Tal vez la perdimos en borracheras o en resacas risueñas, en bares donde rehogábamos lágrimas en altos grados de alcohol…
¿Dónde quedó?
En un paseo.
Me daba cuenta según pasaba el tiempo de que la novela que quería escribir sólo tenía eso, folios en blancos que no decían nada, pero que me decían muchas cosas. Al mirarlos sabía lo que simbolizaban, pero nadie más lo entendería.
En la noche vestida de canciones con letras francesas, donde la música es la compañera de existencias y la musa que ayuda a encontrar la inspiración, tal vez perdida de nuevo, sonó el timbre y yo sorprendida, ya que estaba totalmente concentrada en mis quehaceres inútiles, me levanté para abrir la puerta.
Ni siquiera pregunté quién era, me limité a darle al botón.
Nunca llegué a saber realmente quién era. Nuestras conversaciones eran típicamente escépticas y contradictorias, sobretodo cuando tratábamos temas tan decadentes como el amor. Era como tratar de ver el cielo desde una habitación cerrada y, en ocasiones, para mi llegó a ser como una reencarnación de la claustrofobia, con pelo negro y ojos oscuros, que para algo son el espejo del alma. Esa noche no podía evitar mirar la foto empolvada de una lejana noche feliz, que reposaba sobre la mesa donde también reposaban mis brazos, y sobre ellos mi cabeza, en postura de indiferencia. Muchas veces me pregunté si mis gestos hacia su persona eran realmente de no importancia o si más bien se trataban de un modo de hacerlo enfadar momentáneamente, o de intentar autoconvencerme de ello. Nunca lo supe porque tampoco me faltó para poder comprobarlo, por lo que no pude comprobar si el refranero acertaba en dicha ocasión.
De repente, observando la foto vi que él se reflejaba detrás de mi, mirándome a modo de reproche, y recordé la forma de un paraguas. Preferí callarme para no hacerle encolerizar y así ahorrarme el trabajo de tener que discutir para que abandonase mi casa, entre otras cosas, porque era un recuerdo bonito. Una bella amiga de infancia me había enseñado un truco para sentirnos volar… Nos agachábamos poniéndolo sobre nosotras, como si nos escondiésemos del resto del mundo bajo él, y nos levantábamos enérgicamente, levantando los brazos. De repente sentías el viento alrededor, como abrazándote, y el pelo volar alrededor de la cara. Lo mejor eran las risas que conllevaban siempre… Pero sabía que si le decía que esa noche su pelo despeinado me recordaba la imagen de un paraguas, tendría que discutir… O explicar, que era algo que rehusaba hacer con él. Hay personas que es mejor dejarlas aferradas a su ignorancia para que sean felices. Bendita ignorancia de los soñadores…
Ergo, tenía miedo de guardar sentimientos que me marcasen, de esos que el tiempo inexorablemente recuerda gracias a la memoria, ese maldito error de la fisiología humana de la que a veces me servía para volar a otros lugares que se abren a partir del balcón de mi casa, donde se oteaba la luna en noches claras, hasta que sonaba el timbre y volvía a abrir sin saber quién era, porque sabía que la lucha así estaba asegurada. Y es que los balcones no son otra cosa que un simple paso abierto a los sueños nocturnos, en las largas noches de insomnio causado por cafés, preocupaciones y nostalgias.
Sin embargo cuando llovía me gustaba el fuego. Es esa maldita atracción fatal hacia los polos opuestos, la guerra por la supervivencia, los imposibles, la idealización… Y en todas me daba cuenta del desorden de mis pensamientos, algo que a pesar de todo y sin preocuparme por nada, siempre había estado ahí.
Los folios del maldito libro seguían en blanco y mi cabeza en un continuo ir y venir de pensamientos ilógicos que no me llevaban a otra parte que no fuese de nuevo al centro del espejo, donde observarme e intentar sacar en claro algo de lo que quería entender de mi y que nunca conseguía, ya que no hay nada más difícil que la reciprocidad con uno mismo.
Él de nuevo volvía, una y otra vez, haciendo que al menos olvidara por un rato mi lado más paranoico. Era divertido hacerle enfadar con mi cinismo. Era como un partido que nunca acababa, ironía contra romanticismo, quién puede más. Yo hacía trampas, lo admito, en el amor y la guerra, todo vale. Y en las cruzadas personales, nada se niega. Otra tarde giré una moneda. Me encantaba verla girar… la cara y la cruz, que parecían anunciar principios y finales a los jugadores, pero siempre eran falsos, como las teorías filosóficas y los poemas de enamorados. Anunciando… Y él desesperaba ante mi pasotismo por su persona física, creyendo que me resultaba igual de indiferente lo sentimental, que no lo era. Escucharlo mirando la moneda era como vernos a ambos rotando sobre nuestros ejes, nuestros argumentos más válidos, para ganarnos. Una estúpida lucha quizás. Pero una lucha. Y para qué engañarnos, perder no le gusta a nadie.
Otra tarde, mientras no lo escuchaba murmurar yo tarareaba sus palabras, sin saber qué decía. Cogí un lápiz y quise pintarlas, y dejé que ellas mandasen… Cuando quise darme cuenta observé que había pintado la primera hoja de mi libro en blanco, y por primera vez, no sabía qué quería decir algo que sí estaba encarnado, aunque fuese en forma ilógica y carbonizada… Entonces acabé de entender que no comprendía nada de la naturaleza ni de mi esencia vital.
Así que descolgué el telefonillo y me volví una ermitaña, y decidí que lo soñaría hasta descubrir qué significaba todo, además de que mi locura consentida desembocaba en una ligera demencia que asumía paso a paso y minuto a minuto, mientras seguía soñando y lamentándome por hacerlo. Pero entonces dejé de soñar con folios escritos y volvieron los blancos, volando alrededor de un paraguas y un hombre moreno encolerizado y triste que me hacía encontrarle algo de sentido al sinsentido de las batallas. Pero él salió a pasear al perro y, mientras esperaba encontrarle sentido al abstracto que anteriormente había pintado heló, llovió, nevó, e incluso en alguna ocasión hizo sol. Pero nada encontré por respuesta.
Así que deliberé hasta encontrar la respuesta adecuada y volver a casa a mirar por el balcón y poder sentirme de nuevo una maldita soñadora, estúpida e inservible, que vivía en cuatro paredes fabricadas con utopías. Y cogí el libro, arranqué el folio, lo cerré. Tras pasar por la papelera y cumplir mi misión subí a casa, abrí las puertas del balcón y miré a la nada que se perdía tras el cielo. Cuando volví a abrir los ojos sumergida en escalofríos vi de nuevo el dibujo. Se habían acabado los intentos de escribir hojas que debían quedar para siempre en blanco. El maldito dibujo no tenía sentido, pero al menos sí poseía vida. Eso lo había salvado de la papelera donde reposaban los pensamientos que sólo yo entendía, ya que no necesitaba que me los recordasen, pues ya habitaban en mi, mal me pesara… Y seguí el camino con mi vida bohemia disfrazada hacia la experiencia… En medio de un paseo a lo largo de las noches…

Pintar estrellas

Noches en las que dibujaba estrellas al no poder conciliar el sueño,
y las plasmaba en folios
con una tinta lúgubre,
y pensaba acerca de los pensamientos poéticos que tenía cuando cerraba los ojos
rendida por el cansancio,
y rabiaba por ello,
porque se sentía consciente de que con el despertar y la vuelta a lo mundano
se acababa esa belleza,
esa que la visitaba en pocas ocasiones.
Pocas veces, la verdad, la extrañaba entonces,
pero no se olvidaba,
y volvía a rabiar cuando el sueño le pesaba,
sobre todo
cuando llegaba la noche en la que se podía permitir dibujar estrellas,
porque las palabras con las que contaba las tenía atragantadas en algún
rincón de su cerebro,
en obras contra la putrefacción nocturna,
en lucha contra la putrefacción diurna,
con la luz roja,
como si se tratara de un burdel o una puta de servicio,
vendiendo lo que se le escapaba por las manos en forma de sensibilidad…
Dibujando estrellas, por no soñar…
Conciliando el sueño, por no morir…
Poema sin fin y verso sin rima,
desgracia de autista que se desahoga entre el bullicio,
dudosa del presente,
vividora del pasado,
como existencialista ahogada en alcohol,
asfixiada en cigarros,
flotando en una bañera de espuma salada de donde nacen diosas que se lucen ante los hombres,
como azotada por un disparo incierto e inequívoco,
justo en el centro,
allí donde más duele,
con una sonrisa incrédula que desconcierta a la gente que habita en cuartos oscuros,
con prendas deformadas,
hilos que no combinan
y las patas de una araña que teje su propia trampa,
conduciéndola a un final autodestructivo.
Y se sorprende de su propio léxico,
que malsuena y repiquea,
como gotas en un alfeizar,
que relajan y molestan.
Donde huele a sucio y se convive con ello con indiferencia,
dando patadas para ocultar bajo la cama los secretos del corazón
arrugados en folios,
allí,
donde huele a mierda pero se siente con pureza,
los recuerdos de la infancia se van haciendo viejos…
Sí, donde dibujaba estrellas y las creía fugaces,
y les pedía deseos que nunca se cumplían,
porque al día siguiente se volvía a podrir en la cama,
esa que iba adoptando la forma de su cuerpo,
cada vez más ancho y curvilíneo,
y el peso de su cabeza deformaba la almohada
donde se ponían en reposo los pensamientos…
A veces deseaba que su cabeza dejase de pensar,
se volviese sorda y ya no oyera más,
pero como mucho la agotaba y lo hacía más lento.
Y así acabó de nuevo,
dibujando estrellas sobre un papel cuadriculado que poco entendía de belleza,
y los ojos se entrecerraban lentamente contra su voluntad,
y de nuevo le asalta lo que de día,
le producía insomnio…
y sin terminar su obra soñó,
con pintar estrellas…

Cuentos de medianoche


"Casi medianoche… Encolerizada, en medio de un montón de gente, buscaba la mirada del que le hacía perder la poca cordura que aún poseía y sin querer acabó jugando a los celos… Se sentó sobre el alfeizar de la ventana y comenzó a mover las piernas mientras pensaba: “simulacro de columpio”, pero sin diversión… cargada de la incertidumbre que produce el amor. Y ya como rutina, conversaba con un viejo conocido que estaba presente (su pasatiempo, ya que eso era en lo que se había convertido la cruzada que había comenzado para llamar la atención del que había hecho que las noches se volviesen más largas)…
Sonreía tímidamente, se tocaba el pelo… pero a pesar de que se había propuesto hacerse a su papel de niña que flirtea sus ojos la delataban, yéndose al interior de esa habitación y buscándolo inconscientemente, hasta encontrarlo. Él hablaba con otras personas e intentaba disimular que también la miraba, pero su gesto molesto era ya evidente. Ella, crecida ante su mirada, insistía más en sus gestos caricaturescos, tanto, que el payaso con el que pasaba el tiempo le preguntó…

(...)

Y a la niña que vivía de noche se le perdió la mirada tras la ventana, en la noche… Y al volverla, tras meditar el rol que había adquirido, se dio cuenta de que se había quedado sola… Y en un parpadeo él estaba allí, al lado… Ella tembló intentando disimular sus nervios y mantener la compostura, digna del mejor papel de femme fatale, pero cuando él rozó su cara con los dedos y le preguntó por qué no le había hablado en toda la noche (y con las dudas correspondientes a una niña que conoce las mieles de los amantes), sonrío y pensó que la incertidumbre sería el argumento de su próximo verso, desde su desconocimiento de qué le depararía lo que ya aborreció anteriormente, como una nueva y esperanzadora adivinanza…".