Había una vez...

Una niña llamada Dorothy, a la que todos conocemos por sus famosos paseos por el reino de Oz. Además de ser la protagonista de una de las obras más conocidas del cine, con motivo de su 70 aniversario gozó con el privilegio de que Tim Burton comenzase a realizar una versión sobre su historia. ¿Qué más podía pedir esta niña de chapines con lentejuelas rojas?


Pues muy lista, sí señora. Ni más ni menos que 17 diseñadores, de los más reconocidos y cotizados del mundo de la moda, como Manolo Blanhik, Christian Louboutin u Óscar de la Renta, crearon con motivo de su aniversario una colección basada en esos míticos zapatitos rojos que Judy Garland lució en la película, allá por el año 39. Parece que la semana de la moda de Nueva York no pudo comenzar con mejor pie, ya que se inauguró con la muestra de esta colección, en la que los diseñadores han dejado volar su imaginación convirtiendo cada par en un pequeño sueño de raso, lentejuelas y cristales de Swarowski entre otros lujosos materiales (en rojo, claro). Incluso la cantante Gwen Stefani se ha atrevido con una bonita interpretación que ya le gustaría a más de una fetichista (yo entre ellas...).
 
Pero no crean que la coquetería de la señorita Dorothy es lo único que movió a sus diseñadores, sino que se organizará una subasta benéfica con estos pares inspirados en el mundo de Oz en el otoño de 2009. ¿Se puede pedir más?



Algunas interpretaciones de diseñadores como Giuseppe Zanotti o Betsey Johnson
 
¡Dorothy querida, así cualquiera se atreve con el camino de baldosas amarillas!

Continuamente


El mundo ha pasado en un abrir y cerrar de ojos, en un folio cuadriculado donde escriben con tinta azul en perpendicular. Me parece estar mirando la noche a oscuras en medio del cielo, suspendida en una terraza de piedra de granito rojo. La pluma que empleaba en el interior de la casa de abajo casi me hacía cosquillas, dibujaba mi risa tímida mientras toda la noche gira y me despista. Estamos colgados, tendidos como largas constelaciones a lo largo de la nada, y se nos va la cabeza queriendo a los que ya no la tienen consigo, ni les importa. ¿Perder el tiempo? Sí gracias, continuamente.
Las palabras bailan en las manos y suenan tristes, a pesar de que emanan de canciones con ritmos optimistas. No te engañes, es un simple efecto sonoro y te gusta, como te gusta decorar las paredes con pop art y ver películas sobre el existencialismo de moda en los años sesenta. Al fin y al cabo el amor hacia la imperfección encerrada es una característica innata más, sin cura ni réplica posible. ¿Nos vamos?

Once


En la calle se desarrolla la sensibilidad más pura, la música más desgarrada. El amor. La pobreza se expande y se palia. Lo bello nace y se estira, se consume y cobra vida. Once es una película de amor atípico que consigue que, con las canciones que la componen, más de una lágrima tome vida propia. Miles de detalles en una película que, contando con prácticamente nada, despierta los sentimientos más íntimos. ¡Chapeau por John Carney!


Cosas de casa

Bien conocida es mi adoración por Rufus Wainwright. El pasado Sábado tuve la suerte de asistir al concierto que ofreció en Ciudad de la Luz, en Alicante. Mi amigo Jose me hizo feliz llevándome de acompañante, ya que le habían tocado dos entradas y la precariedad y la crisis cuando se es estudiante se notan más. Llegamos justos para el comienzo y no me defraudó en absoluto. Su broma para abrir boca acerca del plató de televisión que le habían preparado para su actuación y su "¡voy a ser famoso!", su traje a cuadritos de colores (yo me preguntaba con qué nos sorprendería), el ambiente tranquilo, las parejas de enamorados que nos rodeaban... Además de alguna que otra fan histérica que parecía que se iba a dejar la vida entre canción y canción aplaudiendo. Y los comentarios de un señor, de edad avanzada, que al parecer era la primera vez que lo escuchaba y tras su interpretación de uno de mis temas favoritos, Cigarretes and chocolate milk, exclamaba fascinado: "¡es increible!"





Demostró que además de artista es lo que se dice un cachondo, tras parar alguna que otra canción para decir palabras con las que bromeó durante el concierto (Torremolinos, cenicero... lo típico, vamos). Eso además de los tres amagos de final de concierto en los que levantó al centenar de personas que lo observaban medio absortos. Mi amigo Jose y yo, a pesar de que bromeábamos del ambiente romántico, entre ellos.





Pero parece que no va a quedar aquí mi admiración por este apellido ya que su señorita hermana, Martha Waiwright, acaba de lanzar su segundo disco, I Know you're married but I've got feelings too, haciendo gala de ese estilo orientado hacia el folk rock que tan bien sabe hacer. Dice que de las cosas malas que nos pasan a veces surgen cosas bonitas, y desde luego este disco es una muestra de ello. Han colaborado en su creación algunos artistas como su propio hermano, Garth Hudson de The Band o Pete Townshend, guitarrista de The Who... ¡Casi nada!

Yo no sé tú, pero yo... ¡me pido una excursión a la casa de los Wainwright a ver qué se cuece!

Cuarto oscuro

(...)
"Cual profeta,
cagada aguardo mi cruel y efímero destino.
Quizás, quizás, quizás.
Con el sonido de una canción,
un no saludo,
una mirada tímida,
el miedo a la nueva no correspondencia.
Cero palabras, cero muestras.
Como si el tiempo se me escapara entre los dedos
o pudiese coger el dolor en pedazos,
cual caníbal lo devoro,
trago,
me ahoga.
Vomito.
Tu nombre, sí, tu nombre impregnado,
los nervios de mirarte.
El miedo.
En un momento se esfumaron las nubes,
se acabó,
¿se nos terminó el amor?
¿Cómo se llama la película?
Déjate de pajas mentales.
Córrete. Llora. Grita. Besa. Manda a la mierda.
Olvida el blanco y el negro y la puta cultura pop.
Miedo, miedo, miedo, roads…
Has vuelto al desconocimiento mundano,
¿verdad que escuece?
Estás loca, realmente loca, como Juana la loca.
Simple irresponsable que escucha e ignora a su Pepito Grillo,
que ahoga con décimas y decimales,
desmontas el puzzle,
miras tu abrigo blanco,
rompes un folio,
te pones un sombrero.
Da igual lo que hagas,
cagada te hallas.
Y aunque no lo parezca...

Taras

¿Por qué no sale?
Suenan golpes suaves en la puerta trasera cada vez que los pies están dispuestos a salir a corretear por las calles, las ojeras perpetuas desde hace algunas semanas están cubiertas y el disfraz se luce para conseguir el primer premio de la fiesta.
¿De qué va vestida?
No sé, realmente no lo sé, es todo creación propia.
La enfermedad llama a la puerta de los grandes almacenes de Diógenes en los que se han convertido el saco de taras, mentales en su mayor caso, protagonizadas por una bailarina nocturna y su elenco de amantes de mentes compuestas por imperfecciones.

¿De qué te hablo?
Es sencillo, como el funcionamiento de una caja de cuerda que simplemente simboliza a Pandora, ella girando sobre la paciencia, que es lo último que queda dentro, y la indiferencia escondida en algún rincón… No puedo explicarlo fácilmente, es que el sueño se ha desvanecido a la hora de su llegada y la oscuridad terminó con una luz intensa que molesta a los ojos.

¿Qué pasa?
Arrastrando los pies escucha, de repente, una vieja radio sonar en medio de la noche. Mira a la habitación de donde provenía y comprueba que a pesar de la hora prematura su padre yacía dentro, tirado en la cama, escuchando en plena era digital el aparato que le hacía que sus recuerdos infantiles fuesen parecidos a una película sobre la España profunda. Pensaba entonces en su abuela siendo niña, tarareando nocturnamente las canciones de la época, ella, que posiblemente no habría pensado más de cinco minutos a lo largo de su vida en lo que ahora su nieta cavilaba… La misma que vestía paredes con extraños pasajes dadaístas con cerebros de genio, dormía bajo un artista escondido bajo sus gafas de pasta y un gesto tímido, la primera fotografía de un desnudo en blanco y negro y unas aspas de avión…

¿La conoces? ¿Sabes de quién te hablo?
Es la niña de los ojos claros, sí. La que para bien alguien había sacudido de realidad horas atrás, y para no ser diferente de otras ocasiones había terminado protagonizando un monólogo que ganaría cualquier concurso, tan irónico y doloroso como todo lo que la termina caracterizando, y tan gracioso como aquello por lo que se daba a conocer.

¿Qué hace ahora? ¿La ves?
Tiene los ojos cerrados. Encogida en la cama, supongo que duerme, sueña o finge. Ha abierto la puerta, escucha esa misma radio. Tirita de vez en cuando y escucha música lenta. Se recupera, lo hace, cierra la caja y recoge sus imperfecciones…