In wonderland...

"Alicia pudo ver, tan bien como si estuviera mirando por encima de sus hombros, que todos los miembros del jurado estaban escribiendo «¡bichejos estúpidos!» en sus pizarras, e incluso pudo darse cuenta de que uno de ellos no sabía cómo se escribía «bichejo» y tuvo que preguntarlo a su vecino. «¡Menudo lio habrán armado en sus pizarras antes de que el juicio termine!», pensó Alicia".
Siempre me encantó el cuento de la niña perdida entre disparates diversos. De esos que parecen generados por estupefacientes y demás sustancias alucinógenas que, en múltiples conversaciones con amigos, parecíamos haber acordado como la causa principal de la maravillosa imaginación de la niña Alicia. Y cuando comenzaron los rumores de que Tim Burton adaptaría la novela al celuloide se me rieron hasta los huesos.
Pero, sin embargo, parece que a Tim (tomándome toda la confianza que confiere engullir prácticamente todo lo que ha realizado) se le han olvidado las palabras que le conferían sus jefes de Disney cuando en sus comienzos tildaron sus dibujos de ser "como animales muertos y tirados en medio de la carretera". Y a pesar de que la nueva versión de uno de mis cuentos favoritos, original de Lewis Carrol, venga de mano del acuerdo al que ha llegado el Director con la Disney no queda más que esperar para ver cuál es el resultado de la reinvención de tal (macabro en múltiples ocasiones) genio. Algunas fotografías de los personajes ya están circulando en Internet, como la caracterización de Johnny Deep o de su musa y esposa, Helena Bonham-Carter.



Yo, por si acaso, voy cruzando los dedos para que la Disney no meta demasiado la mano en Wonderland...

Almost...

Apenas han comenzado a tomar vida unos acordes que hablan sobre un niño de ojos fríos y la mirada perdida en la lejanía. Indirectamente me he lanzado sobre ese vacío y me he dejado sumergir de modo inverso para que lo más importante en una lista de prioridades sea la prioridad del ser en sí, de la mirada fijándose en algo perdido y encontrando la frialdad que a veces hace arder a los que somos simples observadores pasivos. Como sentada en un autocine de verano que siempre deja recuerdos de etapas cálidas, tras pasar la tormenta, cuando llega la calma y todo lo que había sido una montaña de arena no es algo más que un reducido cuenco de ceniza de largos cigarros, entre el fuego, las olas, el todo que compone lo que no tiene nombre y sin embargo hace años que adquirió una fuerte compostura. Ya sabes de qué te hablo. De dejar que arda el fuego y los ojos azules. De lanzarnos al vacío en la búsqueda de ese algo que no tiene ninguna razón de ser y, sin embargo, siempre nos ha terminado de completar. Sin releer qué decimos ni hacemos, lo que dibujamos, lo que somos y lo que seremos, todos los tiempos verbales que nos componen, esa canción que cuando estalla siempre me remite a las miradas cómplices.

Recuérdalo todo, "quasi" todo. Y sigue tarareando...
 

Secretos

Me han contado un secreto. Me lo han contado mientras veía como las piernas, manos y de vez en cuando la voz le acompañaban en un ligero temblor, los conocidos nervios de la primera vez. He recordado una conversación sobre el amor, la primera cita, el miedo justo y necesario y las impresiones que recogí cuando, con temor en mayor o menor medida, me lancé de cabeza a la piscina. Algo que recompensó la experiencia y las palabras de las personas dotadas de méritos. Me lo han contado mientras no podía evitar encontrar alguna sonrisa cómplice y la mirada azul de siempre como si estuviera ausente, como si hubiera vuelto a la infancia, como cuando se ponía a pensar y yo sentía que quería poder curiosear en su mente como si se tratase de una pantalla de ordenador con funciones táctiles. Me lo han contado y no he podido evitar sentir una mezcla de miedo y placer que aturdía, como esa combinación que sin duda acaba por lanzar a los amantes a tan consentidas locuras. Me lo han contado y es mío, es de ellos. Es nuestro secreto y cuando esté en el punto justo de consumación, entonces, será un secreto a voces.

I




 
La insignificancia de los insignificantes se desvanece, dejando nada, cuando la grandeza acampa... Entonces sólo quedamos ella y yo (...)

Made in Retales

Siempre me han llamado la atención las personas especiales. Las que con su modo de mirar el mundo lo reinventan y consiguen, a través de recursos como la ironía, satirizar acerca de los males que acechan a cualquiera. El manejo de ese látigo del que hablaba Truman Capote convertido en pincel, en lienzo, en cámara de fotos, en una pose atípica, en colores llamativos, en una pin-up, transformado en cuerpo de hombre en Retales. En ello reside la genialidad de esas personas. Y el día que conocí a Javier Retales, desde luego, comprobé que ese artista que había descubierto meses antes a través de una revista y que había pasado a decorar las paredes de mi pequeño habitáculo no me haría sentir defraudada. Y poco a poco comprendí qué es un "made in Retales", algo más que una manifestación artística plasmada en un lienzo.