Los restos del naufragio



En el mecer de las olas, la soledad del frío mar cuando acampa el insomnio. Entonces es cuando la sal y el desatino arrastran a la pobre embarcación, atraída por una fuerza demasiado incomprensible para alguien que siempre conduce mientras sueña con los ojos abiertos. Esbozando una sonrisa fría, como los ojos del más pequeño ser amado desde hace años atrás. Y, como un huracán, algo termina por arrastrar todas las palabras que acompañaban a la pobre nao, mientras el libro de abordo se hunde en un remolino formado entre gotas de agua dulce y contradicciones. Y nadie siente miedo, ni grita, se dejan llevar entre los giros que destruirán la proa y la popa, es la irracionalidad del marinero, el que se ata ante el canto de la sirena refrenando todo el poco de cuanto es poseedor. Ante una noche azul inventada, como los ojos que lo miran y la sangre que lo tinta todo, apagando y encendiendo un interruptor mientras que… sólo se salvan los restos del naufragio en la hora de una siesta de papel…







Óscar Paz (Vol. II)

No es la primera vez que hablo aquí de él, ni será la última. Y es que me gustaría mirarlo por un agujerito. Verlo con sus patrones, sus tijeras, sus retales y dedales. Cosiendo e ideando sesiones de fotos y planes para un futuro no demasiado lejano. Como si fuera un juego, tal y como se plantea el pequeño Óscar Paz la reinvención de una prenda que, tras pasar por su mente y a posteriori por sus manos, da resultado de una nueva, diferente, reciclada y que a más de uno y una deja con la boca abierta (servidora entre ellas).



Y es que cuando digo pequeño, desde luego, me refiero a su corta edad, que no a su talento, que para muestra un botón de la última sesión de fotos que ha realizado con su última creación, algo que cuando me contaba “era una chaqueta” antes de pasar por sus manos no conseguía otra que dejarme boquiabierta.

Óscar dándole los últimos retoques a la modelo

Pequeño, sí. Pero con ganas de dar luz a sus ideas, de expresar su modo de ver la vida a través de la moda, de inventar, reinventar y experimentar con texturas. Yo no me canso de verlo jugar y, desde luego, me encantan sus juguetes. Creo que Osquitar ha vuelto a ganarle una partida a su inspiración…

(Berlín)

Siempre supe de la importancia que tiene la seguridad en cada paso que damos para llegar al destino deseado o menos esperado, el más pequeño, el que da pie a otros miles. La gente, el arte, el amor, el dolor, las risas y las lágrimas son un mero todo en una mezcla nociva que nos conduce hacia ese camino, ese que cuando llegue el momento de estallar y dejar cenizas, nos harán sonreir y pensar en lo dichosos o desgraciados que hemos podido llegar a ser. En lo que nos han hecho. El destino, ese abstracto tan descarriado, me condujo un día hacia una persona que, tras un tupé blanco y una cámara de fotos, acabaría escondiendo a alguien que me enseñaría la importancia de ser, de realizarse, de lo bonito de ser perfectamente imperfectos, de llamarse Gabrielle, de ser un compuesto de miles de cosas y de lo importante que es trabajar para conseguir llegar al fondo de algo tan especial como complicado. Sí, cuando lleguemos a Berlín y desestructuremos la felicidad para completarla, pintemos risas y nos terminemos en algún poso de cerveza de la noche anterior. De lo gracioso de hacer rimas y de sentirse querido mediante la burla ligera, la discusión absurda y el reducido método de saber que ese es nuestro modo de decirnos "te quiero".



Bienvenido a casa, cariño

He escuchado crujir las hojas secas. Esos pasos, tus pasos. Y allí, tirada, no sabes cuánto me he alegrado de verte a lo lejos, entre el hierro. He querido ver la luz a través de tus ojos y que sintieras cada poro de mi piel.


Bienvenido a casa, cariño. He perdido la noción del tiempo, no sé cuánto hacía que no pisabas nuestro hogar. Ya ves, el tiempo pasa inexorablemente, ha ido perfeccionando cada rincón del fulgor que sentí cuando te fuiste. Todo sigue igual. Pasa y siéntate, que el anochecer nos traerá un agradable espectáculo a la hora de cenar, entre el pasto y la maleza, que ya no sé vivir sin ella.


¿El engaño, cariño? No, no hay engaño, querido. Simplemente tienes la vista cansada, las lentes caídas, las palabras entrecortadas… Por eso te sientes lejano. ¿No lo recuerdas? Tu viejo sillón donde observábamos la magia de la luz, entre las rejas que separaban tu realidad de la ajena, en casa, donde éramos los magos de la trastienda.
¿Se te ha hecho largo el camino?
Bueno, qué más da, no importa. El caso es que has vuelto y estás para quedarte, para que terminemos de convertirnos en nada. Ya pueden irse los meros espectadores que agolpan nuestra estancia, que susurran cuando finjo no oír, que utilizan excusas estúpidas para desmerecernos.
Tenerte aquí, cómo me gusta… Bienvenido, cariño.