Los cuentos del niño Pánico

Ahora sé su edad. Dejó de cumplir cuando cumplió los diecisiete.
Ahí está atrapado de modo voluntario, aunque fuma y a veces bebe,
contradiciendo su cara de niño.
Le canta canciones a los planetas cercanos, como buen extraterrestre,
camuflado en su locura,
transportando su guitarra y golpeando con ella en las rendijas de mi ventana. 
Estoy en posición de defenderme de mi misma. Me ahoga el calor pero escucho como tirita, mientras el vaso caliente humea en mi cara.
Le he contado que me he peleado con cada rincón de este cuarto,
él sonríe y no dice nada.
Se pierde mirando hacia el amanecer tras la cortina y a mi me extraña que no
haya echado ya a volar.
Todo tiene pinta de cuento,
de que suprimo las ganas de dispararle y quedarme con su alma impresa en un papel.
He perdido la cuenta de las veces que se ha sentado ya ahí,
y yo,
pequeña ingrata... estaba perdida en las cartas que guardo en los cajones.
Me veo reflejada en los segundos de electricidad.
En el simple magnetismo del tictac de su reloj de muñeca, parado.
Yo hago magia.
Él se ausenta ahí, sentado.
El niño pánico ha volado esta noche a mi ventana a cantarme una canción.
Y ha vuelto a volar por donde vino.
Entre las antenas, que siempre suenan triste.
Y yo... yo le he escrito un cuento.

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